viernes, 21 de julio de 2017

ABADÍA BENEDICTINA DE LA SANTA CRUZ DEL VALLE DE LOS CAIDOS

No dudéis. Nunca hubiera querido escribir este capítulo, último, pero corresponde a uno de los Reales Sitios que conforman el Patrimonio Nacional, e con el mismo derecho que cualquiera de los Palacios Reales, o de los Monasterios de Las Huelgas o La Encarnación, o mismamente con la externamente humilde Ermita de San Antonio de Padua o La Florida. No hubiera sido justo con mi deseo de acercar con pequeños retazos, partes de la Historia Nuestra, tanto de edificios como de personajes o circunstancias.
Decía en su Blog Historiae, un compañero, algo que refleja perfectamente mi intención: "El blog que quiero recomendaros hoy es Cosas de Historia y Arte, el cual, como ya anuncia el título, está dedicado a publicar contenidos relacionados con la Historia, el Arte o la Historia del Arte. (...) Si ya es bastante difícil encontrar un blog que publique prácticamente todos los días, imaginaos lo complicado que es hallar uno que hasta publica varios posts cada día. Estas publicaciones sirven muy bien para todo tipo de estudiantes adolescentes, que necesitan esos conocimientos para poder llevar a cabo correctamente sus tareas y exámenes". (...)
Sin ningún sentimiento político, ni religioso. Sin pretender reivindicar nada paso directamente al tema de esta Abadía Benedictina que acompaña a la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Sois muy dueños de pensar, opinar y reivindicar todo aquello que queráis, pero no esperéis de mi, ningún comentario que no sea estrictamente referido al monumento, como tal.




Los Juanelos
Poco antes de llegar al pueblo de Guadarrama, siguiendo por la carretera que nos conduce a El Escorial, nos encontraremos ante la puerta de entrada. El monumento está situado en la sierra de Guadarrama, en un paraje conocido como Cuelgamuros, perteneciente al municipio de El Escorial, en Madrid.
Promulgada su construcción por Decreto de 1º de abril de 1940, se confía la dirección y realización de diseños a Pedro Muguruza Otaño. Se compone de una abadía benedictina, una hospedería y una Basílica con una gran cruz.
Rápidamente se da comienzo la apertura, en el interior de la montaña del hueco destinado a Cripta. La complejidad de los trabajos requiere una dedicación que Muguruza, no puede prestar, a partir de 1948, por enfermedad, por lo que el año 1950 asume la dirección Diego Méndez González.
El punto neurálgico era, sin duda, la construcción de la Basílica por cuanto suponía perforar el Risco de la Nava y dar albergue en él a un templo gigantesco. En noviembre de 1950 se terminan las obras de la actual Residencia y se aprueba el proyecto la Cruz, cuya construcción se inicia en 1951. En 1952 se proyecta la explanada y se aprueba la ampliación del hueco de la Cripta, pues buscando la grandiosidad fue preciso aumentar el túnel, hasta ahora de 11 por 11 metros, y llegar hasta los 22 metros de altura actuales. Continuando los trabajos en 1953 y 1954, en que se proyectó la terminación del crucero. En 1955 se inicia el revestimiento de cantería de las paredes y bóveda de la Cripta, galerías y sacristía. Durante el año 1956 se realizan, el coro, altares y pavimentación de la Cripta. Llegamos a 1957, en que se proyectó el pórtico posterior y el gran claustro, el Monasterio y el Noviciado, concluyendo las obras en 1958.
Nos habíamos quedado en la entrada del recinto. A pocos metros, a derecha e izquierda de la carretera, están emplazados cuatro fustes monolíticos conocidos con el nombre de LOS JUANELOS. Proceden de las canteras de Fonseca y Nambroca, y fueron labrados en el siglo XVI para ser utilizados por el célebre Juanelo Turriano. Su disposición les da caracter de centinelas del Valle.
Un airoso viaducto nos lleva a la ESCALINATA, de 100 metros de anchura, en dos tramos de 10 peldaños, simbolizando los Diez Mandamientos; que asciende a la explanada. Ésta asentada en roca viva, tiene 30.600 metros cuadrados. Su pavimento forma una cruz en planta. Un pretil enmarca esta parte central de la explanada, separándolas de otras dos laterales.
Una nueva ESCALINATA de quince pasos, de 63 metros de anchura, conduce a la puerta de la Cripta, flanqueada por dos alas de arquería de estilo clásico.
En lo externo y monumental del conjunto constructivo del Valle, la CRUZ es lo decisivo y esencial. Consta de tres partes: un basamento sólido y firme, que llega hasta los 25 metros, y al que están adosadas las figuras de los cuatro Evangelistas; sobre éste otro más pequeño que alcanza los 42 metros, y que sirve de arranque al fuste, y en cuyos ángulos se han colocado las imágenes de las cuatro Virtudes Cardinales; y por último la Cruz propiamente dicha, que alcanza los 150 metros sobre el nivel de la base y 300, si se parte desde la explanada de entrada a la Cripta.
Su delineación se obtiene por la penetración de prismas rectangulares, que forman una cruz griega. La construcción se hizo desde dentro, como si fuera una chimenea, obteniéndose los materiales mediante la perforación longitudinal del Risco de la Nava, desde su parte posterior, hasta unirse con la vertical de la base de la Cruz. La instalación de montacargas, permitió elevar las enormes piedras, evitando los daños que se podía haber producido al monte. Todo fue avanzando con arreglo a lo previsto, sin ningún contratiempo. Contratiempos que se presentaron al pasar de la línea vertical a la horizontal de unos brazos de 46 metros de longitud, en cuyos pasillos interiores se pueden cruzar dos turismos.
Diego Méndez, pensó representar a los doce Apóstoles, quedando reducido el proyecto a los cuatro EVANGELISTAS en la base y las cuatro VIRTUDES CARDINALES en la zona comprendida entre la base y el fuste. Era el paso obligado desde la cresta del Risco de la Nava al fuste. Es aquí donde Juan Avalos va a desarrollar con su cincel todo el vigor necesario que la grandiosidad del Valle demanda. La figura de San Juan, inclinada hacia adelante, cortando el aire: la de San Lucas a horcajadas sobre la cabeza del toro; la de San Marcos en violenta torsión con el león; y la de San Mateo leyendo en un libro descomunalmente grande. Cada uno de los Evangelistas tiene 18 metros de altura, la totalidad de los grupos escultóricos suponen 20.000 toneladas, que unidas a las 181.740 de la cruz, hacen 201.740 toneladas.
La PORTADA, con una puerta de bronce, obra de Fernando Cruz Solis, que mide 10,40 por 5,80 metros, nos muestra los quince misterios del Rosario en sus relieves acuartelados. Por el zócalo inferior corre una leyenda con dichos de los Apóstoles. Sobre la cornisa de la Portada, coronándola nos encontramos con LA PIEDAD, obra de Juan de Avalos. El Cristo Yacente, ligeramente incorporado y sostenido por su Santa Madre, goza de un singular patetismo. El grupo hecho en piedra negra de Calatorao, mide 12 metros de longitud y 5 de altura.
Llegamos así a LA CRIPTA. En la construcción al exterior de grandes naves abovedadas, la dificultad estriba en sostener la cubierta, compaginando su peso con el espesor de los muros, pero en la Cripta del Valle, al estar escavado en el risco, la presión no solo es de arriba a abajo, sino tambien en sentido lateral, a ambos lados. Tiene una longitud de 262 metros, mientras que su altura máxima, en el crucero es de 41 metros.
El vestíbulo, el atrio y el espacio intermedio, tienen 11 metros de anchura y 11 de altura en sus bóvedas, aumentándose a 22 metros de altura en la gran nave. La decoración del Vestíbulo la forman cuatro anchos pilares, unidos con arcos fajones de medio punto y bóvedas con lunetos correspondientes a los arcos laterales. En el Atrio, la decoración es más rica, a base de pilastras en talud con bóveda y arcos fajones de medio punto. En el Espacio Intermedio, cubierto por bóveda de arista, se alojan en dos grandes nichos, dos arcángeles gigantescos, obra de Carlos Ferreira, en actitud vigilante y de meditación. Tienen las alas levantadas y sus brazos, echados hacia adelante, se apoyan en la empuñadura de la espada, hincada en los plintos.
Al descender nuevamente, diez escalones, número canónico en la simbología del Monumento, nos situamos ante LA REJA, es la entrada a la gran nave de la Cripta, forjada por José Espinós Alonso. Forman La Reja tres cuerpos, separados por cuatro machones, dos adosados a los muros y dos que hacen de jambas para el juego de la puerta central. En los cuatro machones parecen adosadas las figuras de Santos Mártires y de Santos Héroes. Una crestería formada por ángeles, en los extremos, e insignias de héroes y mártires en los centrales, acompañan a la figura de Santiago, que aparece en el centro. Los espacios entre los machones los cubren siete barrotes en cada lateral y dieciocho en las hojas de la puerta.
LA GRAN NAVE, dividida en cuatro tramos por arcos fajones, cruzados en la bóveda para formar casetones que muestran la roca viva. A derecha e izquierda, seis pequeñas capillas con grandes relieves de alabastro. A la derecha, la Inmaculada, y las Vírgenes del Carmen y Loreto, patronas de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, esculpidas las dos primeras por Carlos Ferreira y Ramón Mateu la tercera. A la izquierda, la Virgen de Africa, de la Merced, patrona de los cautivos, y del Pilar, realizadas por Ferreira, Lapayese y Mateu, respectivamente.

La decoración de las capillas es muy sobria: frontales de altares con temas marianos y trípticos pintados en cuero, se compaginan con estatuas de Apóstoles. Las pinturas y esculturas son obra de Lapayese padre e hijo.
Los espacios murales de la Gran Nave, están decorados con ocho magníficos tapices de la serie de Apocalipsis de San Juan, una admirable tapicería de oro, plata, seda y lana de fecha no posterior a 1540. Tejida por Guillermo Pannemaker en Bruselas y adquiridas por Felipe II en 1553. Se desconoce quién fue el autor de los cartones, aunque se supone son obra de Bernardo Van Orley. Cada tapiz mide 8,70 X 5,30 metros. Sus temas son:
            - Paño I: Comienzo de las revelaciones a San Juan en Patmos, hechas por los siete ángeles, representantes de las siete iglesias de Asia.
            - Paño II: Comienzo del Juicio Final.
            - Paño III: Destrucción de la Humanidad por las plagas y Adoración del Cordero.
            - Paño IV: Historia de Henoch y Elías.
            - Paño V: Combate entre ángeles y demonios que pretenden atacar a la mujer vestida de Sol.
            - Paño VI: Triunfo del Evangelio.
            - Paño VII: Las bodas del Cordero.
            - Paño VIII: Triunfo de la Iglesia sobre el demonio encadenado en el Paraíso.

Desde la Gran Nave se asciende al CRUCERO por una escalera de diez pasos. Contrafuertes coronados por esculturas representativas de las fuerzas de los Ejércitos de Tierra, Mar, Aire y Milicias, dividen y decoran el tramo. Las figuras son obra de Antonio Martín y de Juan Antonio Sanguino. Destacaremos la labra tosca de los ropajes, en contraste con el pulimento de caras y brazos.
La parte central del Crucero es rígidamente clásica en los lienzos murales, quebrándose en los cuatro arcos torales, que sostienen el casquete de la Cúpula, formados pos dovelas almohadilladas que se abocinan.
En la cabecera, el CORO, de planta semicircular y en tres niveles, compuesto por 70 sitiales. En los laterales se abren dos capillas techadas de mosaico. La de la derecha es la correspondiente a la última estación del Via Crucis que recorre el Valle y circunda el Monumento. En el altar, una estatua de Cristo yacente, labrada en alabastro y a sus lados la Virgen y San Juan. Son obra de Lapayese.
En el centro mismo del Crucero y en verticalidad con la Cruz, está el ALTAR MAYOR, un gigantesco monolito de granito pulimentado. En el frontal anterior, un bajorrelieve del Santo Entierro, en chapa dorada, diseñado por Diego Méndez y ejecutado por Espinós. En el frontal posterior la Santa Cena. Como único adorno del Altar, un monumental Cristo en la Cruz, obra de Julio Beovide, discípulo de Ignacio Zuloaga, a quien se debe la policromía de la talla. Conservada la talla en el Palacio de El Pardo hasta su instalación en este Altar, la escultura nos ofrece un Cristo mayestático de tres clavos, sin retorcimientos ni exageradas muestras de dolor, serenidad en el rostro.
Pieza fundamental de LA CÚPULA, es el mosaico. El arte musivario, heredado de Roma, se ofrece por primera vez en una cúpula, en el Valle de los Caídos. La orgía de color, como consecuencia de la pureza de las teselas que forman el mosaico, contrastan con la severidad de la piedra que cubre los lienzos del crucero.
La representación, Cristo sedante rodeado de ángeles, centra una serie de agrupaciones de santos, héroes y mártires, doctores, papas, prelados y campesinos que caminan hacia la gloria de Dios. La imagen de la Virgen es, a su vez, centro de procesiones que se dirigen al Señor. La obra se debe a Santiago Padrós y la acertada disposición de los grupos, da sensación de mayor capacidad y elevación de la bóveda.
Al lado opuesto del Monumento, hay un conjunto de edificaciones: Claustro, Pórtico Posterior, Monasterio y Noviciado, Hospedería y Centro de Estudios. Es un rectángulo de 300 metros de longitud y 150 de anchura, acotado por una galería de pilares con arcos de medio punto, estan todas las edificaciones citadas, en piedra granítica y techumbre de pizarra.
En su construcción participaron prisioneros de guerra republicanos y presos políticos, estos presos, que se acogían a la posibilidad de redimir pena por trabajo, eran empleados por los contratistas de la obra, que pagaban al Estado un tercio menos que a un trabajador libre, y una mínima parte de ese dinero iba a una cartilla a nombre del preso. Los trabajos, que fueron durísimos según los testimonios de los presos, se dividieron en tres grupos: un primer destacamento se encargó de construir los seis kilómetros de carretera de acceso, que adoquinaron a mano; el segundo se encargó de horadar la roca con dinamita y el tercero construyó el monasterio y la abadía actuales.


Aquí se hayan enterrados José Antonio Primo de Rivera y el general Francisco Franco Bahamonde. Pero sobre todo quiero recordar a las 33.847 personas que, fallecidas la mayoría durante la  Guerra Civil, fueron enterradas aquí rindiendo así, en la mayoría de los casos sin su deseo o el de sus familiares, tributo a la ambición de poder y a la locura de quienes consideraron necesario hacer este monumento para acallar sus conciencias. ¡DESCANSEN EN PAZ!

FERNANDO FERNÁNDEZ DE CÓRDOVA Y RODRÍGUEZ DE VALCÁRCEL

Marqués de Mendigorría, título obtenido por los méritos contraídos en la primera guerra carlista; nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1809 y falleció en Madrid el 30 de octubre de 1883. Con el grado de Subteniente de Infantería desde 1824, combatió junto a su hermano Luis Fernández de Córdova en el Ejército isabelino durante la primera guerra carlista (1833-1840). De ideología conservadora, se opuso a la Regencia de Espartero y participó en la sublevación del verano de 1843. Ese mismo año, tras la proclamación de la mayoría de edad de Isabel II, logró el ascenso a brigadier y se convirtió en uno de los principales dirigentes del Partido Moderado, dirigido por el general Ramón María Narváez.
En 1847 fue ministro de la Guerra, siendo Presidente Florencio García Goyena. En 1848 fue nombrado capitán general de Cataluña, cargo que tuvo que abandonar por la dura represión que llevó a cabo. Fernando Fernández de Córdova mandó la expedición militar enviada a Italia por el Gobierno de Narváez con la misión de auxiliar al papa Pío IX, el cual se había visto forzado a huir de Roma al ser proclamada la República romana.
Las tropas españolas, tras desembarcar en mayo de 1849 en Gaeta, donde se encontraba el pontífice protegido por el embajador Francisco Martínez de la Rosa, en colaboración con el Ejército francés restituyeron la autoridad de Pío IX, pudiendo retornar a Roma en 1850. La intervención española propició el acercamiento entre la Santa Sede y el gobierno de Isabel II, favoreciendo la firma del Concordato del 15 de marzo de 1851, al tiempo que la monarquía liberal obtenía el apoyo de la Santa Sede frente a los carlistas.
Tras volver de Italia, Fernando Fernández de Córdova presidió el efímero “ministerio metralleta” durante los hechos de Vicálvaro (del 17 al 19 de julio de 1854), en el que no hubo ninguna designación de ministros, ya que fue creado con el objetivo de organizar la represión del proceso revolucionario con el que se inició el Bienio Progresista. Un día después Isabel II reclamó al duque de Rivas para constituir un nuevo gabinete, en el que Fernández de Córdova asumió la cartera de Guerra. Ante la imposibilidad de restablecer el orden, la reina decidió unos días más tarde llamar a Espartero para formar un nuevo gobierno, en el que participaron tanto progresistas como unionistas.
Durante la etapa moderada Fernando Fernández de Córdova volvió a ocupar el Ministerio de la Guerra en el gobierno presidido por Narváez, siendo substituido por Felipe Rivero. El deterioro de la monarquía le fue alejando del régimen. En 1868, la publicación del artículo “La última palabra” en el periódico progresista La Nueva Iberia, escrito por el general Juan Prim con la intención de dar publicidad al acuerdo alcanzado para destronar a Isabel II, provocó la reacción del Gobierno presidido por Luis González Bravo, que decidió detener y desterrar a varios generales, entre los que se encontraban Fernández de Córdova, Francisco Serrano Domínguez, Domingo Dulce, Juan Zabala, Francisco Serrano Bedoya y Antonio Caballero de Rodas.

Ello le impulsó a sumarse a la Revolución de Septiembre de 1868, con la que se inició el Sexenio democrático. Durante el reinado de Amadeo I de Saboya, de 1870 a 1873 se unió al Partido Demócrata-Radical dirigido por Manuel Ruiz Zorrilla, de ideología republicana. Con esta formación política asumió la cartera de la Guerra en los dos gobiernos presididos por Ruiz Zorrilla; en el primero de ellos fue también fue ministro de Estado.

En el desempeño de este cargo se produjo la denominada “cuestión de los artilleros”, provocada por la rebelión de oficiales y alumnos de la Academia de Artillería de Segovia tras el nombramiento, en noviembre de 1872, del general Baltasar Hidalgo de Quintana como capitán general del País Vasco y Navarra, a quien sus compañeros de armas consideraban responsable de los sucesos del cuartel de San Gil, ocurridos en 1866 en Madrid. Ruiz Zorrilla decretó la disolución del Cuerpo de Artillería, circunstancia que utilizó Amadeo I de Saboya como pretexto para abdicar de la Corona.
Fernández de Córdova ocupó de nuevo el ministerio de Guerra en el primer gabinete de la I República, formado por Estanislao Figueras. Dejó algunas obras de carácter testimonial y autobiográfico, entre las que cabe citar Memoria sobre los sucesos políticos ocurridos en Madrid los días 17, 18 y 19 de julio de 1854 (1855), La revolución de Roma y la expedición española a ItaliaMis memorias íntimas, publicada póstumamente; la redacción de esta última ha sido atribuida a Juan Pérez de Guzmán.


LA ORACIÓN EN EL HUERTO de Rodrigo de Osona

Óleo sobre tabla, 126 X 84 cm.

La colaboración entre Rodrigo y Francisco Osona tiene en esta y las otras cinco tablas del Museo del Prado (Pilatos lavándose las manos, La Flagelación, Cristo ante Pilatos, La Coronación de espinas y El Prendimiento) uno de sus mejores ejemplos. Probablemente diseñadas como parte de un retablo, en ellas se aprecia la disposición de las figuras y la fisonomía propios del estilo de esta familia de pintores valencianos. Por la diversidad en el tratamiento de las pinturas se puede adivinar la participación de algún otro miembro de su amplio taller, además de Rodrigo y su hijo Francisco. Estos cambios de estilo son especialmente visibles en la parte baja de la túnica de Jesús en El Prendimiento, de factura más simplista y apresurada ejecución.


La intensidad expresiva de los personajes es característica de la producción de los Osona, quienes dotaban a sus escenas de un fuerte dramatismo. A ello contribuyen enormemente las arquitecturas que sirven de escenario, grandes edificios de porte renacentista que anuncian la modernidad de sus pinturas. En la serie se adivinan además algunas de las fuentes nórdicas utilizadas por los pintores valencianos, en concreto estampas alemanas realizadas por Schongauer, una de cuyas composiciones es seguida casi literalmente en el Cristo ante Pilatos.

LUIS JOSÉ SARTORIUS Y TAPIA

Nacido en Sevilla en 1820, era su madre doña Joaquina de Tapia y Sánchez de Oviedo, emparentada con los marqueses de Castellón. La familia era oriunda de Polonia, siendo pariente del antequerano marqués de Cela. Toda la familia se trasladó de Sevilla a Madrid cuando Luis era aún un adolescente, allí logró hacerse con las simpatías de Bravo Murillo, que le introdujo en el mundo periodístico. De pluma ágil y con grandes dotes como redactor, no tardó en darse a conocer en los círculos políticos y sociales de la capital. Tras colaborar en varios periódicos, en el año 1842 fundó El Heraldo, dedicándose a combatir la política del Gobierno progresista de Baldomero Espartero, convirtiéndose en el órgano de prensa más válido del Partido Moderado. La Reina Isabel le otorgó en 1848 el Condado de San Luis y al mismo tiempo el título de Vizconde de Priego.
Su salto a la política lo hace el 2 de febrero del año 1843, tras salir elegido diputado, labor en la que destacó al igual que en el mundo periodístico. Adscrito a la causa de Narváez, Sartorius fue nombrado, a los treinta años, ministro de la Gobernación, en el gobierno de Narváez, el 4 de octubre del año 1847, permaneciendo en el cargo hasta el final del período gubernativo, el 20 de octubre del año 1849, fecha en que volvió a ocupar la misma cartera en otro Gabinete de Narváez. Finalmente, fue sustituido, el 14 de enero de 1851, tras la caída en pleno de todo el Gabinete de Narváez, que fue sustituido por otro de Bravo Murillo.
En el tiempo en que fue titular de la cartera de Gobernación, llevó a cabo una labor encomiable: fundó la Escuela de Ingenieros de Montes, desde la que impulsó una política de repoblación forestal; mejoró y organizó el cuerpo de policía; proyectó una ley de funcionarios de Gobernación para que los destinos se consiguieran por méritos; realizó esfuerzos enormes por mejorar la calidad de la enseñanza primaria; acometió varias reformas urbanísticas en Madrid, como fueron las del ensanche de la Puerta del Sol, la construcción del Teatro Real y la traída del agua corriente; refundió en el cargo de Gobernador civil, los de Jefe político e Intendente; introdujo reformas para el correcto funcionamiento de Correos; acordó un tratado de extradición con Francia; y, por último, obtuvo del Congreso la aprobación de una reforma arancelaria en profundidad. Sartorius también se preocupó de la vida cultural y literaria del país, proporcionando un reglamento sobre la propiedad literaria que protegía y beneficiaba a los escritores, lo que le valió el apelativo de "mecenas de las letras españolas".

A pesar de todas esas reformas, Sartorius cayó en desgracia al conocerse sus prácticas para amañar las elecciones, la mayoría ministerial conseguida en el año 1849 fuese conocida como "el Congreso de la familia". En dichas elecciones, fue acusado de proteger a los ministeriales y de combatir desde el propio Gobierno a los candidatos de la oposición, imputaciones que resultaron ser ciertas. Violentamente atacado en el Congreso, el Gobierno en pleno se vio obligado a dimitir, el 14 de enero del año 1851.


En el año 1853, recibió el encargo de formar un nuevo gobierno, haciéndolo el 19 de septiembre, en el que, además de presidente, volvió a ocupar la cartera de Gobernación. Desde un primer momento, Sartorius se granjeó numerosas enemistades, debido a una soberbia y vanidad que le llevaron a comprarse un título y acumular una rápida fortuna que levantó las sospechas de toda la clase política, lo que le obligó a confinarse en el conocido clan de los polacos, que conformaban su clientela personal. El 19 de noviembre se abrieron las Cortes, y en ellas presentó una gran cantidad de proyectos de ley, especialmente sobre tribunales y comunicaciones, y que acabó abrumando a todas las sesiones y comisiones formadas para debatirlos. Sartorius fue vivamente censurado al sacar a subasta pública, mediante Decreto Ley, la concesión de la construcción del ferrocarril Madrid-Irún, proyecto que el Senado consideraba totalmente inmoral por favorecer a una serie de personas próximas a Sartorius, entre las que se incluía a la propia reina madre María Cristina y al financiero José de Salamanca. Ante el cariz que fue tomando la situación, todos los partidos políticos de corte liberal se unieron en el compromiso único de derribar al Gobierno de Sartorius, uniéndoseles después cierto grupo de conservadores, también contrarios a su despotismo, en el que se incluía el propio Narváez, su antiguo protector.

El 8 de diciembre del año 1853, Sartorius presentó al Parlamento un paquete de medidas para su discusión y aprobación, referentes a aspectos jurídicos y de comunicaciones, pero en ambas Cámaras fue recibido con total hostilidad. En la primera votación, llevada a cabo en el Senado, Sartorius sufrió un rotundo fracaso, obteniendo 69 votos a favor por 105 en contra. En vista de lo cual, Sartorius procedió, a suspender las Cortes, tras lo cual promulgó los presupuesto del Estado por medio de un Decreto Ley comenzando a perseguir con saña a todos los contrarios a su política: destituyó a los empleados que habían votado contra el Gobierno; atacó con fiereza a los principales jefes militares, los generales Concha, O'Donnell, Serrano, Zabala, Armero, Infante, Nogueras y Manzano, a los que trasladó a cuarteles lo más alejados posible de Madrid.

Conocedor a la perfección del poder de la prensa, llevó su política represora hasta los propios periódicos, a los que proporcionó una serie de normas prohibiendo tajantemente la publicación de noticias sobre la cuestión de los ferrocarriles, la votación del Congreso, los personajes políticos que votaron en contra, así como sobre las numerosas destituciones y dimisiones de funcionarios, la contrata de la casa Clavé, Girona y Cía. (futura contratista para la construcción del puerto de Barcelona), y, en definitiva, sobre todas aquellas cuestiones que tuviesen relación alguna con la Administración. La censura sobre la prensa, una de las más rigurosas conocidas, alcanzó a los propios periodistas, los cuales, fueron despedidos por Decreto o bien encarcelados, creándose un clima y una situación muy violenta en todo el país que culminó en una primera intentona golpista, en febrero del año 1854, en Zaragoza, reprimida por el general Felipe Rivero. Sartorius declaró el Estado de sitio para todo el país, medida que empeoró aún más la situación.

La oposición logró una cierta cohesión interna bajo el liderato del general O'Donnell, que contó con la colaboración de los generales Dulce, Ros de Olano y Mesina, además de un gran apoyo por parte de amplios sectores políticos civiles y de la gran mayoría de la población del país, la cual culminaría con el pronunciamiento conocido como la Vicalvarada, el 30 de junio del año 1854, poniendo fin al Gobierno de Sartorius y obligando a la reina a llamar a Baldomero Espartero y proponerle un Gobierno de coalición con O'Donnell.

Sartorius, tras la Vicalvarada del año 1854, desempeñó como embajador en Roma y presidente de las últimas Cortes del reinado de Isabel II, período en el que escribió su única obra, La cuestión preliminar. Falleció el 22 de febrero de 1871, alejado de toda actividad política.
Sepulcro

ERMITA DE SAN ANTONIO DE LA FLORIDA

Si caminas por el Paseo de la Florida hacia el Puente de los Franceses, dos iglesias que parecen gemelas salen a tu encuentro. Es la superviviente de las tres ermitas dedicadas a San Antonio de Padua que hubo a las afueras de Madrid. De las otras, una estaba situada en la actual  Parroquia de San Antonio de los  Alemanes y la otra en lo que se llamaba el Huerto del Francés en los jardines del Retiro. Fue a principios del siglo XX, cuando se las consideró Ermitas.


La primera ermita fue construida en 1720 por José de Churriguera, y derribada en 1768, por orden de Carlos III, para la apertura de la carretera de Castilla. A la vez ordena la construcción de ermita nueva, encargándoselo a Francesco Sabatini. Esta nueva ermita fue mandada derribar por su hijo y  sucesor Carlos IV, que adquiere el Palacio de la Florida cercano a la ermita, al marqués de Castel Rodrigo, construyendo en el lugar de la derribada ermita, las caballerizas del Palacio. En 1792 el rey propone construir otra poniendo el mismo la primera piedra, finalizando las obras en 1798. El Palacio de la Florida fue destruido para hacer la nueva Estación del Norte. La nueva ermita construida por Carlos Fontana se desplazó hacia los jar­di­nes que se extendian hacia el Man­za­na­res en el ac­tual Paseo de la Flo­ri­da de Ma­drid, en­ton­ces Cues­ta de los Are­ne­ros. Fe­li­pe Fon­ta­na le­van­tó la er­mi­ta que co­no­ce­mos como de San An­to­nio de la Flo­ri­da con un sen­ci­llo di­se­ño de cruz grie­ga en es­ti­lo neo­clá­si­co, terminándosela en 1798.

Al principio del levantamiento del dos de mayo en Madrid en 1808  se produjeron los fusilamientos del día siguiente en la Montaña de Principe Pío, la ermita de San Antonio de la Florida. Llevaba diez años construida cuando se inició la Guerra de la Independencia.


En 1928 se cons­tru­yó a su vera una igle­sia idén­ti­ca para sus­ti­tuir sus ofi­cios como pa­rro­quia, y pre­ser­var así los mag­ní­fi­cos fres­cos del de­te­rio­ro que le su­po­nía el humo de las velas. Esto ha per­mi­ti­do con­ver­tir la pri­me­ra en un museo sobre Goya, cuya tumba se en­cuen­tra bajo la cú­pu­la.

Al convertirse en parroquia el humo de las velas perjudicaba a los frescos de Goya, por lo que se encargó al arquitecto Juan Moya Idígoras, una nueva para cultos religiosos exactamente igual que la primera, comenzándose a edificar en 1925. En 1919 se trasladaron los restos de Goya desde la Sacramental de San Isidro, colocando una imagen del pintor frente a la ermita obra de  José San Bartolomé.

Las dos ermitas sufrieron saqueos durante la Guerra Civil. Hubo desaparición de piezas de valor en su interior. Además los frescos de Goya en la nueva ermita resultaron afectados en la cúpula por metralla, así como la entrada al edificio.

San Antonio de Padua

Nació alrededor del año 1191 Fernando Martins de Bulhôes, a la mayoría de nosotros no nos dice nada este nombre. Pero, si decimos San Antonio de Padua reconocemos al patrón de Lisboa y Padua, entre otras ciudades. Fernando tomó el nombre de Antonio en honor de San Antonio Abad.
San Antonio nació en el seno de una familia acomodada en el barrio de la Alfama de Lisboa. Como sacerdote franciscano recorrió parte de Europa hasta recalar en Padua. Este doctor de la Iglesia tuvo gran facilidad para comunicar la fe cristiana a las gentes sencillas. A pesar de su formación fue un santo humilde, cercano al pueblo y pródigo en milagros.


El milagro de más trascendencia, fue el que le permitió demostrar la inocencia de su padre, acusado de asesinato en Lisboa, adonde llegó desde Padua transportado por ángeles. Allí resucitó a la víctima para que contara quién fue su verdadero asesino. La narración de este prodigio fue elegida por Goya para decorar la ermita del Paseo de la Florida.

Los Frescos de Francisco de Goya

Su cargo de Pin­tor de Cá­ma­ra le pro­cu­ró a Goya el en­car­go que, sus ami­gos Jo­ve­lla­nos y Saa­ve­dra, en­ton­ces mi­nis­tros, le hi­cie­ron para que rea­li­za­ra la de­co­ra­ción pic­tó­ri­ca de la igle­sia que se con­sa­gró a San An­to­nio de Padua. Ayudado por Asensio Juliá entre agosto y diciembre de 1798, La sobriedad de la arquitectura, pone en primer plano las pinturas con pinceladas al temple, el pincel recorre todo espacio desprovisto de elementos de piedra y madera.

En la bóveda del ábside está representada la Adoración de la Trinidad, mientras que querubines y ángeles de sexo femenino, vestidos según la moda de la época, imprimen el espacio en blanco. Si bien el ábside es la parte principal de la iglesia, miramos hacia arriba para encontrarnos una escena que nos llama la atención cubriendo la totalidad de la cúpula.


En la cúpula, Goya representó el milagro mas conocido de San Antonio de Padua. La historia relata cómo el santo es transportado por ángeles hacia Lisboa, donde se estaba produciendo el juicio contra su padre, acusado de asesinato; San Antonio de Padua intervendrá, haciendo desenterrar al difunto y pidiéndole que conteste a las preguntas del juez, confirmando así la inocencia de su padre. La escena representa al Santo, a sus padres y al difunto, y a una serie de personajes ataviados con trajes típicos del Madrid de finales del siglo XVIII, distribuidos en torno a una balaustrada que da perspectiva y realismo a la escena.


Apoyados sobre la barandilla encontramos: Majas, Chisperos, Embozados y Chulapas. Los personajes comentan y observan el milagro, mirando atentamente, bajo un cielo abierto que muere en la linterna de la cúpula, dando sensación de desaparición de la arquitectura en busca de mayor viveza y teatralidad. El pintor trasladó la escena desde Lisboa a Madrid, siendo los testigos sus propios contemporáneos, recreados con gran naturalidad y haciéndolos protagonistas de la escena.


La pintura es un fresco con pinceladas al temple y se conoce la factura del comerciante que vendió los colores a Goya: ocre claro, ocre oscuro, albín fino molido, tierra negra, esmalte, tierra roja, sombra de Venecia, verdacho fino, hormaza, bermellón de la China del Real Estanco, tierra roja, minio, negro fino de marfil, añil de flor, azul de Molina, ocre de Siena, carmín superfino de Londres, azul de Inglaterra, laca superfina y negro humo. La concepción espacial es herencia de Tiépolo. Las pinceladas sueltas, largas, vigorosas, se yuxtaponen creando atmósfera, alcanzando un efecto de modernidad que se toma como punto de arranque del impresionismo goyesco.


La Muerte del Maestro

El pintor fallece en Francia en 1828. Cien años después, en 1919, se trasladan sus restos mortales a la ermita de San Antonio de la Florida, donde actualmente se encuentra su sepultura. Fue enterrado junto con su consuegro Martín Miguel de Goicoechea, fallecido también en Burdeos, para evitar errores de identificación.

El Panteón Conmemorativo de Francisco de Goya


A los pies del presbiterio se encuentra el panteón del pintor. La tumba de Goya es de granito y conserva la lápida de la sepultura de Burdeos.  El cuerpo carece de cráneo, pues probablemente fue separado del tronco para la realización de análisis frenológicos, aunque existen varias versiones a cual más dispar sobre los verdaderos motivos.

El culto a San Antonio de Padua (San Antonio de la Florida)


La campiña del río Manzanares ha sido y es un lugar muy recurrente para la celebración de fiestas de larga tradición. En 1732 al erigirse la nueva ermita para proteger los frescos, se colocó una imagen de San Antonio de Padua que alcanzaría pronto gran devoción popular. El culto al santo pasaría a la nueva ermita erigida en 1798 por Carlos IV, denominándose la ermita San Antonio de Padua, primero, y San Antonio de la Florida, después. Cada año, el día 13 de junio se celebraba la romería dedicada a San Antonio, a cuya ermita acudían y acuden las jóvenes para pedirle un buen novio al santo. Actualmente, se siguen celebrando estos festejos dedicados al santo.

jueves, 20 de julio de 2017

LA FLAGELACION de Rodrigo de Osona

Óleo sobre tabla, 128 x 84 cm.

La colaboración entre Rodrigo y Francisco Osona tiene en esta y las otras cinco tablas del Museo del Prado (Pilatos lavándose las manos, Cristo ante Pilatos, La oración del Huerto, La Coronación de espinas y El Prendimiento) uno de sus mejores ejemplos. Probablemente diseñadas como parte de un retablo, en ellas se aprecia la disposición de las figuras y la fisonomía propios del estilo de esta familia de pintores valencianos. Por la diversidad en el tratamiento de las pinturas se puede adivinar la participación de algún otro miembro de su amplio taller, además de Rodrigo y su hijo Francisco. Estos cambios de estilo son especialmente visibles en la parte baja de la túnica de Jesús en El Prendimiento, de factura más simplista y apresurada ejecución.


La intensidad expresiva de los personajes es característica de la producción de los Osona, quienes dotaban a sus escenas de un fuerte dramatismo. A ello contribuyen enormemente las arquitecturas que sirven de escenario, grandes edificios de porte renacentista que anuncian la modernidad de sus pinturas. En la serie se adivinan además algunas de las fuentes nórdicas utilizadas por los pintores valencianos, en concreto estampas alemanas realizadas por Schongauer, una de cuyas composiciones es seguida casi literalmente en el Cristo ante Pilatos.

FRANCISCO LERSUNDI HORMAECHEA

Nacido en Valencia el 28 de noviembre de 1817. Fue uno de los militares que contribuyó al establecimiento del sistema militar en España. Hijo de un general que se distinguió en la guerra de la Independencia, tras abandonar el Seminario de Vergara, se inició en la carrera militar al estallar la guerra carlista. Por su brillante actuación en dicha confrontación, recibió el grado de subteniente de infantería y destinado a un batallón de cazadores de la Diputación Foral de Guipúzcoa. Participó en las acciones contra los fuertes de Oriamendi y de Andoain y fue herido en la toma de Gorvera. Por méritos de guerra consiguió ascender hasta teniente coronel, al finalizar la contienda. Participó en 1844 a las órdenes de José Gutiérrez de la Concha en el bloqueo de Zaragoza, lo que permitió derrotar a los rebeldes que se refugiaban en la ciudad. Por su participación en esta acción fue ascendido al grado de coronel.

A comienzos de 1846 tomó al asalto la ciudad de Santiago, que se encontraba en manos de tropas sublevadas, acto por el que fue ascendido a brigadier. Jugó un importante papel en la represión del alzamiento civil que se produjo en Madrid el 26 de marzo de 1846. En mayo tuvo que hacer frente a la sublevación del regimiento España y fue el primero en entrar con sus hombres en la Plaza Mayor, donde se hallaban dispuestas las tropas del sublevado regimiento. Al año siguiente tuvo que enfrentarse en Cataluña a los trabucaires carlistas de Cabrera y a los revolucionarios republicanos de Atmeller y Molins, a quienes obligó a refugiarse en Francia.

En 1851 tenía el grado de teniente general tras haber servido con notable éxito en la represión de las sublevaciones de Cataluña, Madrid y otros puntos del país. Fue gobernador militar de Madrid en 1851. Ese mismo año Bravo Murillo le nombró ministro de la Guerra. Tomó posesión del cargo el 6 de febrero de 1852, manteniéndose en el puesto hasta el 16 de enero de 1852, cuando fue sustituido al frente del ministerio por Joaquín Ezpeleta. Tras el fracaso del gabinete presidido por el Conde de Alcoy, que tan sólo duró cuatro meses, recibió el encargo de formar gobierno. Éste se constituyó el 14 de abril de 1853, y Lersundi se reservó la cartera de Guerra. También ocupó de forma interina el ministerio de Estado hasta que regresara a España su titular, Ángel Calderón de la Barca, que era embajador de España en Estados Unidos.

Su gobierno estuvo caracterizado por su talento conciliador. Lersundi trató de establecer la paz entre las diversas fuerzas políticas que luchaban por el poder lo que hizo que su gobierno pasara desapercibido y no fuera muy apreciado por la opinión pública. Con el nombramiento como ministro de Fomento de Estaban Collantes en sustitución de Claudio Moyano Samaniego. Lersundi trataba de ganarse el apoyo de la coalición denominada de los Polacos, pero esta decisión provocó la caída de su gobierno el 19 de septiembre de 1853, sustituido por José Luis Sartorius, el conde de San Luis.


Volvió a ocupar plaza en el gobierno el 12 de diciembre de 1856, siendo nombrado por Narváez, ministro de Marina. Temporalmente también sustituyó de forma interina al ministro de Guerra, Antonio Orbistondo. El 17 de enero de 1864 Lorenzo Arrazola le puso de nuevo al frente del ministerio de Guerra. La fama de Lersundi hizo temer a Leopoldo O'Donnell, quien presidía el gobierno desde el 21 de junio de 1865, que éste le sustituyera al frente del gabinete, por lo que para apartarle de la escena política le nombró en 1866 capitán general de Cuba. Su acción de gobierno en la isla no fue muy brillante. En contra de lo que habían hecho sus antecesores en el puesto, intensificó la persecución de los elementos separatistas, con lo que consiguió que aumentase el apoyo de gran parte de la población a este movimiento, cerró todos los círculos de los reformistas y acabó con gran parte de los bandoleros que inundaban la isla, a los que detuvo y deportó a la isla de Fernando Poo.
El militar encontró una sociedad en crisis, la isla era utilizada por gente sin escrúpulos para enriquecerse rápidamente y abundaba la gente desarraigada; todo esto se lo hizo notar en una carta al ministro de Ultramar, Antonio Cánovas del Castillo. Lersundi se ganó la enemistad de gran parte de los terratenientes de Cuba, quienes, ante el cariz que estaba tomando la situación, presionaron al gobierno español para que fuera sustituido; siendo destituido a los cinco meses de su llegada. Regresó a Cuba como capitán general en 1867 cuando Narváez fue nombrado presidente del gobierno. En su nuevo mandato centró su atención en cuestiones hacendísticas y de orden público al crear una serie de comisiones militares para perseguir a los delincuentes. Estas comisiones se hicieron odiosas por la cantidad de abusos que realizaron sobre la población.

Al poco de su llegada tuvo serios incidentes con el obispo de La Habana, quien trataba de prohibir que se tocaran las campanas, como era costumbre, a la llegada del capitán general a los pueblos que visitara. El gobierno se vio obligado a intervenir en esta polémica emitiendo una orden en la que daba la razón al religioso. En este nuevo mandato volvió a mostrar su incapacidad para gobernar la isla. Sus medidas más controvertidas fueron el aumento de los impuestos y el intento de negociar un empréstito, primero con los Estados Unidos y después con Inglaterra, y dejar como garantía las propiedades del estado en Cuba. Estas decisiones provocaron una corriente contraria al gobernador.
Al creer que la Revolución de 1868, la Gloriosa, iba a ser un movimiento temporal con pocas posibilidades de éxito, Lersundi decidió permanecer leal a Isabel II. Por su parte el candidato carlista al trono, el infante don Carlos, le nombró virrey de las Antillas con el fin de ganarse su apoyo; a pesar de ello el nuevo gobierno le confirmó en su puesto. Lersundi fue incapaz de descubrir los preparativos revolucionarios de los independentistas que supusieron el inicio de la guerra de los Diez Años, tanto era así que días antes del alzamiento telegrafió al gobierno que la tranquilidad gobernaba en la isla. El conflicto comenzó el 10 de octubre de 1868 con el llamado Grito de Yara, cuando los insurgentes, formados en su mayor parte por campesinos, hacendados y profesionales, al mando de Carlos Manuel Céspedes tomaron Bayamo, ciudad en la que establecieron la capital de un gobierno revolucionario.


La revuelta sorprendió totalmente a Lersundi que apenas contaba con recursos para combatir a los insurgentes. Organizó la resistencia formando batallones con voluntarios cubanos, al frente de los cuales destinó al conde de Valmaseda, el segundo en el mando en la isla. La situación se fue agravando por lo que el general se vio obligado a presentar su dimisión el 4 de enero de 1869, siendo sustituido por el general Dulce, que al contrario de su predecesor comenzó a negociar con lo sublevados. A su regreso a España Lersundi se negó a reconocer la autoridad del nuevo gobierno surgido de la Revolución de 1868, por lo que se retiró de la vida política. Regresó a la actividad política momentáneamente en 1872, cuando participó en Vitoria en una serie de acciones militares con el fin de desbaratar los planes de los carlistas, poner a su candidato en el trono y favorecer la proclamación de Alfonso XII. Nuevamente se apartó de la política, muriendo en Bayona (Francia) el 17 de noviembre de 1874, poco antes de ver cumplido su sueño de ver el regreso de los Borbones a España.

EL HUNDIMIENTO DEL COSTA CONCORDIA

El viernes 13 de enero de 2012  Antonello Tievoli, Maître del Costa Concordia, le pidió un favor al capitán Francesco Schettino: acercar el crucero de la compañía de navegación Costa Cruceros, a la costa de la Isla de Giglio (Toscana), su tierra natal, para que sus habitantes pudieran ver el crucero de cerca. Debido a la maniobra, el crucero chocó con una pierda que causó un agujero de 70 metros en el caso de la nave, se ladeó y comenzó a hundirse.
El Costa Concordia era uno de los cruceros más grandes del mundo en la época, medía 290 metros de longitud y 61 de altura, tenía 1.500 camarotes, 5 restaurants, 13 bares, teatros, casinos, discotecas, piscinas, jacuzzis y spas; que había pasado correctamente todos los controles y que disponía de la última tecnología para navegar. Al momento del naufragio había 4.229 personas a bordo, entre pasajeros y tripulación. El naufragio provocó treinta y dos personas víctimas, entre pasajeros y tripulación, sesenta y cuatro resultaron heridas (tres de ellas de gravedad).

Una hora y trece minutos después del choque Schettino ordenó la evacuación, aun cuando la nave ya estaba bastante inclinada. Además, mientras muchos pasajeros luchaban por salir del crucero, él estaba a salvo en tierra firme, incumpliendo la normativa marina que exige que el capitán del barco sea el último en abandonarlo.
El capitán, Francesco Schettino, y el primer oficial, Ciro Ambrosio, fueron arrestados bajo sospecha de homicidio culposo, lesiones culposas, naufragio y abandono de la nave. La justicia italiana lo sentenció a 16 años de cárcel, medida que fue ratificada por el Tribunal de Apelaciones de Florencia en mayo de 2016. Schettino, que se encontraba bajo arresto domiciliario, fue liberado el 5 de julio del 2012.

La nave fue enderezada con éxito a mediados de septiembre de 2013 en una operación sin precedentes en la historia naval, y ahora está cerca de Génova para ser desguazada. El complejo rescate, del que participó un equipo de 500 técnicos, 22 naves y ocho barcos, costó 600 millones de euros, y representa un hito en la historia de los cruceros.

El Concordia entró al servicio de Costa Cruceros el 7 de julio de 2006. Es el barco más grande construido en Italia hasta ese momento y costó 450 millones de euros. Con sus 114.500 toneladas, es el naufragio de mayor tonelaje de la historia. El capitán admitió que se encontraba navegando sin el sistema de navegación computarizado del barco pero también para hacer un saludo a la isla, un gesto llamado “inchino”. Era algo que se hacía con frecuencia.


La conversación de dos capitanes
"Estoy aquí, en frente (del barco). Estoy aquí para coordinar el rescate", le dice Schettino a un De Falco, responsable de la capitanía del puerto Livorno,  que explota de ira: "¿Qué está haciendo qué? Suba a bordo. ¡Es una orden!". "Yo quiero subir pero la lancha de rescate se paró. ¿Se da cuenta que está oscuro y no se ve nada?", balbucea Schettino más adelante.

A la mañana siguiente del choque del crucero llamó a su madre Rosa de 80 años que vive en Nápoles para contarle lo que había pasado, señala su hermana en el diario napolitano Il Mattino. "Le dijo que había sido un desastre, que él había tratado de salvar a tantos pasajeros como había sido posible y que no se preocupara porque todo había terminado".

ABADÍA BENEDICTINA DE LA SANTA CRUZ DEL VALLE DE LOS CAIDOS

No dudéis. Nunca hubiera querido escribir este capítulo, último, pero corresponde a uno de los Reales Sitios que conforman el Patrimonio ...